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Por Wang Rongjun
(El autor es investigador asociado del Instituto de Estudios
sobre EE.UU., de la Academia de Ciencias Sociales de China)
Al
comentar la actitud indiferente de los líderes políticos
del G8 hacia la caída en picado del dólar, Desmond
Lachman, del Instituto Empresarial Estadounidense, advirtió:
"sería mejor dejar que mercados gradualmente vuelvan
a descubrir que el emperador no tiene ropas, en lugar de hacer que
el propio emperador declare su preferencia por andar desnudo.
Sin embargo, lo cierto es que los jefes del G8 demostraron una
indiferencia olímpica hacia el hecho de que el billete verde
se deslizaba cuesta abajo.
Los diseñadores de política estadounidenses parecen
tener buenas razones para dejar que el dólar fluctúe.
Hay al menos tres ventajas potenciales derivadas de la debilidad
de esta divisa. Primero, un dólar débil serviría
a EE.UU. para disminuir la actual brecha en las cuentas corrientes,
reduciendo las importaciones e incrementando las exportaciones.
En segundo lugar, la demanda creciente de exportaciones actuaría
como catalizador, restableciendo la producción y la inversión
e impulsando la recuperación de la economía. En tercer
lugar, los precios de importación más altos tendrían
un impacto compensatorio en la amenaza deflacionista en EE.UU.
Hay, eso sí, una buena dosis de incertidumbre sobre si EE.UU.
será capaz de cosechar estas ventajas o no. El dólar
se ha depreciado en gran medida con respecto al euro. Aunque es
cierto que una parte significativa del comercio entre EE.UU. y los
países de la zona del euro se hace en bienes de capital e
intermedios, la demanda de dichos bienes suele ser rígida,
por lo que un aumento en los costes caerá probablemente sobre
los hombros de los consumidores. No se avizoran, con todo, grandes
afectaciones para el comercio de EE.UU. en el marco del Acuerdo
de Libre Comercio para América del Norte (NAFTA), mientras
que, por otra parte, las paridades de las monedas asiáticas
contra el dólar no son los suficientemente fuertes como para
tener impacto notable alguno sobre la demanda de sus exportaciones
a EE.UU. Sin embargo, un aumento de precios de importación
podría afectar la demanda de consumo doméstica de
EE.UU., lo que compensaría el aumento de exportaciones. Además,
un dólar débil dañaría la confianza
de los inversionistas extranjeros, dando por resultado la fuga de
capitales o tipos de interés más altos, todo lo cual
constituiría un duro golpe a un crecimiento económico
que aún pugna por recuperarse.
Para las economías europeas y japonesas, acosadas por la
recesión, la depreciación del dólar no es precisamente
recomendable. Alemania e Italia han anunciado contracciones en su
producción real para el primer trimestre del año;
la economía francesa ha estado estancada durante los dos
últimos trimestres. En Japón, la economía sufrirá
nuevos espasmos recesivos a menos que la demanda se recupere en
un plazo de seis meses. Y ni hablar de los problemas que podría
significar dicha baja para las hoy endebles economías de
América Latina.
En el caso chino la situación es un poco más compleja.
Dada la relación de facto entre el RMB y el dólar,
una depreciación de este último podría traducirse
en una reducción de los precios de exportación de
las mercancías chinas, haciéndolas así más
competitivas en el mercado internacional. Pero, ¿significaría
ello una verdadera ventaja para China? Hay quienes lo ven así,
pero lo cierto es que hay mucho de relativo en el asunto. El mercado
de EE.UU. es con mucho el mayor mercado de exportación para
las mercancías de China, mientras que la tasa de cambio con
el dólar significa que se mantiene inalterable el nivel de
precios de las exportaciones de China a EE.UU., incluso cuando el
dólar se deprecia perceptiblemente con respecto a otras monedas
fuertes. Las exportaciones a otros países y áreas
tendrían en apariencia precios más competitivos, pero
tal relación estaría calzada por la asunción
de que la depreciación del dólar no dañaría
el crecimiento de la economía mundial, y que los principales
socios comerciales de China, como la UE y Japón, serían
capaces de garantizar su recuperación económica. No
es fácil que se produzca esta situación; las exportaciones
de China continuarán creciendo en 2003, pero todo indica
que su motor principal no será la tasa de cambio.
La depreciación del dólar tendría un impacto
negativo significativo sobre las enormes reservas oficiales chinas
de moneda extranjera. China no ha emitido documentos oficiales con
respecto a la composición monetaria de sus reservas en divisas,
pero los analistas conjeturan que el dólar de EE.UU. ocupa
una buena parte de las mismas. Según el Departamento del
tesoro estadounidense, China se había convertido en el segundo
mayor poseedor de bonos de de Hacienda de EE.UU. del mundo para
mediados de 2002, por un valor total de $80.900 millones. Esta cifra
alcanzaría los $122.900 millones si se suman las reservas
de Hong-Kong.
La depreciación del dólar podía representar
otro problema potencial para China: la tasa de cambio del RMB. Según
crecen las exportaciones de productos manufacturados chinos, así
aumentan los llamados a para revaluar el RMB. Funcionarios económicos
japoneses han estado ejerciendo presión en este sentido de
manera abierta en los últimos dos años, mientras que
algunos expertos y políticos estadounidenses también
han expresado en varias ocasiones su descontento hacia lo que se
denomina los precios artificiales de las bienes manufacturados
en China. Teniendo como telón de fondo un robusto desarrollo
económico y alta cifra de exportaciones, enormes reservas
en moneda extranjera y el superávit comercial, el sistema
de cambio del RMB podría convertirse en blanco fácil
para EE.UU. y sus socios comerciales si la economía mundial
entra en otra recesión.
Por el momento, no hay expectativas de un RMB más fuerte.
Pero al hablar del cambio del RMB, la preocupación real no
es ante todo su precio internacional. Algunos expertos chinos precisan
que China tiene sectores orientados a la exportación con
competitividad en alza y sectores altamente protegidos con las características
típicas de una economía en transición. Así,
ciertos sectores vulnerables constituyen una amenaza potencial a
la estabilidad del cambio del RMB. Por ejemplo, los siempre preocupantes
activos improductivos de los bancos estatales. Además, los
ajustes del cambio del RMB están muy conectados a las reformas
en los sistemas de moneda extranjera y finanzas de China. Por tanto,
no ha llegado todavía la época de ajustar la tasa
de cambio del RMB. Por otra parte, la apreciación del RMB
por sí sola no reportaría notables beneficios a EE.UU.
y Japón en el manejo de sus problemas comerciales y económicos.
Esto tampoco implica, por otra parte, que el RMB seguirá
indiferente hacia la depreciación del dólar y la presión
para que se revalúe. El sistema de control de la moneda extranjera
de China permite que la mayoría de las reservas en moneda
extranjera permanezcan en el banco central en forma de divisa, lo
que a la vez obliga al banco central a afrontar la mayoría
de los riesgos de la tasa de cambio. De hecho, y en vista de la
situación actual, resulta discutible la pertinencia de mantener
estricto control sobre la cuota de moneda extranjera para uso privado
y empresarial. Además, el público debe tener presente
que el RMB será totalmente convertible en algún momento,
y que su cambio responderá de manera eventual a la tasa de
cambio de equilibrio en el mercado. En este sentido, es un alternativa
aceptable ajustar moderadamente la tasa de fluctuación del
cambio del RMB a su momento.
UN dólar débil será incapaz de cerrar la brecha
existente entre los ahorros y la inversión en EE.UU., y no
hará ningún bien a sus socios comerciales. La recuperación
económica mundial puede sobrevivir si la depreciación
del dólar ocurre de una "manera ordenada," pero
una caída libre del dólar de seguro representaría
lanzar a todos por igual en el mismo barco a la deriva.
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