Por Wang Yusheng
(El autor es ex alto funcionario chino en la APEC).
En la cumbre anual que sostuvieron al Unión Europea (UE)
y Estados Unidos en Washington el 25 de junio, ambas partes trataron
de limar las asperezas heredadas de la crisis que supusieron sus
diferentes enfoques respecto al tema de Irak. En medio de una armonía
aparente, europeos y estadounidenses alcanzaron acuerdos sobre medidas
contra el terrorismo y la proliferación de armas de destrucción
masiva, si bien se mantuvieron las diferencias con relación
a temas regionales e internacionales.
En
cuanto a la organización radical palestina Hamás,
la UE consideró errado meter a todos sus miembros en el mismo
saco, en tanto EE.UU. optó por la consabida fórmula
de dar cabida a todos sus miembros, sin discriminación de
ningún tipo, en su lista de organizaciones terroristas. También
primó el desacuerdo en cuanto al líder de la Autoridad
Nacional Palestina (ANP) Yaser Arafat, quien constituye una figura
insustituible en el proceso de paz del Medio Oriente a los ojos
europeos, mientras en la Casa Blanca prefieren ignorarlo por completo.
Y hubo más diferencias. Irán no es una amenaza nuclear
futura al decir de Europa; EE.UU. empero, se mantiene decidido a
actuar contra la nación de Asia Menor si esta no se pliega
a regulaciones que cuentan con el visto bueno de Washington.
La cumbre europeo-estadounidense devino una continuación
de la cita cimera del Grupo de los ocho, celebrada previamente,
en cuanto a los intentos de las partes por remendar su aún
descosida relación bilateral, lo cual parece lejano todavía,
en atención a los múltiples puntos de divergencia
con que deben lidiar.
El origen de la crisis podría estar en un choque de intereses,
pero si se da por bueno el argumento de que Francia se opuso de
manera tan vehemente a la guerra dirigida por EE.UU. contra Irak
por sus notables intereses económicos en ese país
¿Cómo explicar entonces que la UE en pleno siga manteniendo
igual posición respecto a Irán, o el conflicto israelo-palestino?
Nadie duda que por mucho tiempo la UE y EE.UU. han mantenido una
fuerte relación que se cimentó en valores compartidos.
Por más de 50 años, ambas partes forjaron una sólida
alianza para enfrentar a la ex Unión Soviética. En
los más de 10 años transcurridos tras el fin de la
Guerra Fría, los estados europeos apoyaron a EE.UU. en sus
guerras contra Irak en 1991, contra Yugoslavia, en 1999, y Afganistán
en 2001. La actual campaña contra el terrorismo sirvió
para consolidar la vieja unión.
Pero los cambios en el entramado geopolítico mundial y en
la correlación de fuerzas entre europeos y norteamericanos,
así como la radicalización de sus diferencias culturales,
hizo resaltar las diversidad de valores que hoy separan a las partes,
aferradas a distintas concepciones sobre el mundo de post Guerra
Fría.
En Washington confían en erigir un mundo unipolar por medio
de la aplicación sin cortapisas de la denominada Pax Americana
– garantía de que el orden mundial responderá
a las necesidades estratégicas de EE.UU. y de que el multilateralismo
pasará al baúl de los recuerdos. No es de extrañar
por ello que cuando un tratado internacional no responde a las demandas
estadounidenses, EE.UU. lo ignore sin rubor. Para Washington, el
mundo se divide cada vez más en amigos incondicionales o
enemigos jurados, y con mayor frecuencia sus soluciones son el unilateralismo
y la acción preventiva. Todo lo que constituya un desafío
al predominio mundial de EE.UU. merece ser barrido de la faz del
planeta.
Por su parte, Europa parece más inclinada a convivir en,
y a edificar, un mundo multipolar, creando a la par un orden internacional
que responda a lo que se esperaba de la situación de post
Guerra Fría. De ahí que suela decantarse por el diálogo
y el consenso para evitar o solucionar conflictos, y se oponga de
común al uso injustificado de la fuerza militar, en especial
en acciones unilaterales y de carácter preventivo. Para la
UE, Naciones Unidas sigue siendo el marco por excelencia para discutir
los problemas que afectan la seguridad internacional. La disparidad
de enfoques de europeos y estadounidenses respecto a los temas de
Irán y el conflicto israelo-palestino no hace sino confirmar
el distanciamiento de sus respectivas doctrinas para tratar temas
internacionales.
A mi juicio, los diferendos que hoy alejan a EE.UU. de la UE radican
más en la diferencia en sus respectivas escalas de valores
que en encontronazos de naturaleza económica. Se trata de
diferencias estratégicas más que tácticas.
Aunque los países opuestos a la invasión a Irak han
optado por una actitud conciliadora hacia EE.UU., los mismos no
han hecho concesiones sustanciales en temas fundamentales. Siguen
apegados al predominio de la ONU en el tratamiento de temas internacionales,
entre ellos la seguridad, la diversidad mundial, el multilateralismo
y la asociación sobre bases de la igualdad.
La base para eventuales concesiones mutuas entre ambas partes tiene
su cordón umbilical en el vínculo que por medio siglo
se ha ido forjando entre ellas, en especial al calor de los intercambios
económicos, de ahí que, después de todo, Europa
procure evitar un choque frontal con su aliado al otro lado del
Atlántico. Súmese a ello que la UE tampoco es lo suficientemente
poderosa para empeño tan mayúsculo. Dígase
lo que se diga, EE.UU. sigue llevando la sartén por el mango
a la hora de discutir discrepancias.
En su momento, los políticos en Washington consideraron
intolerable la resistencia política que sus asociados europeos
– salvados de la barbarie Nazi o de las amenazas soviéticas,
al decir de los estrategas del Pentágono, por la intervención
de EE.UU. – ponían como muro contra la guerra en Irak.
Pasada la primera etapa de reacción airada, empero, EE.UU.
trata ahora de remodelar la alianza transatlántica y cosechar
nuevos aliados. Apegándose a su principio de unilateralismo
con participación multilateral, EE.UU. se ve precisado a
seguir conformando alianzas. Eso sí, deja bien en claro que
los hechos determinan las alianzas y no a la inversa. Entiéndase
por ello que reformará las actuales alianzas a su imagen
y semejanza, de modo que respondan por completo a sus exigencias
estratégicas. No resulta extraño entonces que en la
actualidad Washington se empeñe en dar una nueva forma a
la OTAN, convirtiéndola en una entidad ofensiva, capaz de
superar el coto geográfico del Atlántico e ir más
allá en pos de una estrategia anti-terrorista mundial. Parte
de este cometido es la declarada intención estadounidense
de derrocar a los gobiernos de los denominados países díscolos
o rufianes.
En este esfuerzo también se incluye la constitución
de una nueva o preliminar “ alianza de los dispuestos”,
lo cual ya se ensayó durante los preparativos de agresión
a Irak, y servirá de recurso recurrente cada vez que EE.UU.
lo necesite. No son por consiguiente simples rumores los que indican
que EE.UU. prepara una versión asiática de la OTAN,
o una OTAN más agresiva. En fecha reciente, un periódico
japonés informó que Washington prepara el terreno
para nuevas alianzas mundiales, a la vez que parece rebajar la categoría
de su viejo aliado europeo en su estrategia global.
Si habrá reconciliación final o divorcio entre las
partes, es algo que queda por ver. Todo dependerá en buena
medida de las nuevas políticas que EE.UU. desarrolle y de
los altibajos que se produzcan en la correlación de fuerzas
europeo-estadounidenses.
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