Los Clarines de la Nueva Roma
 

El 11 de septiembre de 2001, muchos chinos fueron sacados de su sueño por amigos que les urgieron a ver las noticias de última hora en la televisión. Otros tantos se sintieron entristecidos por las masivas pérdidas de Manhattan envuelta en humo y comenzaron a preguntarse: ¿Cómo reaccionará Estados Unidos? Ese día marcó el principio de un mundo distinto, no sólo porque en lo adelante el terrorismo se convirtió en un negocio de implicaciones globales. En los dos últimos años, como bien precisaron a Beijing Informa dos importantes analistas chinos, la mayor potencia mundial de la actualidad se ha mantenido ocupada emprendiendo guerras, con el fin declarado de atrapar a los enemigos jurados de la humanidad, pero a pesar de ello las atrocidades terroristas continúan a la orden del día en los cuatro puntos cardinales.

Dos años después de los atentados contra Nueva York y Washington DC, el mundo dista de ser un lugar más pacífico y ordenado, sin que parezcan importar mucho los triunfos que la superpotencia se ha anotado en la esfera puramente castrense.

La misma pregunta que hace muchos dos años se hacían los chinos sigue siendo válida: ¿Cómo reaccionará Estados Unidos a un mundo distinto? ¿Luchará contra el terrorismo global sin ayuda, u optará por unirse a otras naciones? ¿Incorporará sus propios intereses geopolíticos y económicos a la agenda mundial común, o los promoverá compartiendo las ventajas con sus asociados? ¿Ignorará los reclamos de los denominados estados y culturas fallidos y reconstruirá sus gobiernos en su favor, o trabajará junto a las redes locales? ¿Seguirá empeñado en una lucha a cómo dé o procurará la victoria por medio de la sabiduría?

Con tales interrogantes en la mente de numerosos observadores chinos han pasado revista a los ataques terroristas ocurridos en los pasados 24 meses.

De manera casi unánime los mismos han cuestionado los métodos que ha aplicado Washington, al poner en boga una especie de neoimperialismo como solución expedita a la amenaza terrorista global.

En el Medio Oriente, la frustración es plato diario para millones de personas. En el mundo islámico, hablando con mayor amplitud, hará falta mucho tiempo todavía para que la gente se adapte a un mundo cambiante. Además, el terrorismo global prospera a la par que uno de los pilares mismos de la economía de mercado, es decir, el libre flujo de individuos. Lo espontáneo de dicho flujo constituye un obstáculo mayúsculo para construir sistemas de defensa eficaces.

China tiene una larga historia como imperio que mantuvo el orden en Asia oriental, y como país donde convivieron en competencia por muchos años las ideologías del confucianismo, el Taoísmo, el budismo, el Islam y el cristianismo. Tuvo épocas de gran prosperidad, debidas al libre intercambio entre personas de diversas culturas, al igual que épocas de franca decadencia, tras decidir actuar independientemente, sin parar mientes en lo que hacía el resto del mundo. En la edad moderna sufrió derrotas humillantes a manos de invasores extranjeros y pasó por numerosas reformas fracasadas. Pero en las décadas más recientes también ha alcanzado los logros económicos más admirables del mundo. Los puntos de vista chinos merecen ser tenidos en cuenta.

Wang Yizhou:

La asociación no tendría sentido si no hubiera diferencias

“Suelo pensar que Osama bin Laden y sus seguidores no son personas muy inteligentes," afirma Wang Yizhou, investigador jefe del Instituto de Economía y Política Mundiales de la Academia de Ciencias Sociales de China (ACSCh).

“Pero viendo las consecuencias reales de sus acciones”, añade, “debo admitir que los ataques del 11–S todavía ejercen una influencia considerable en Estados Unidos, una influencia que nos deja con más preocupación y sensación de incertidumbre que confianza en la posibilidad de un mundo más ordenado – sobre todo si se considera la violencia de las reacciones estadounidenses".

En su oficina en el piso superior de la sede central de la ACSCh, cuyas ventanas dan a la Avenida Changan de Beijing, Wang dice a Beijing Informa que, tras los ataques del 11-S, la política exterior de Estados Unidos ha marchado al compás de la ideología neoconservadora, o lo que los investigadores académicos también definen como neoimperialismo. El pensamiento neoconservador tiene sus orígenes en un número de fuentes de pensamiento, acota Wang, recordando que dicha escuela contó básicamente con los aportes teóricos de algunos asesores políticos del alto perfil vinculados al Instituto Estadounidense de la Empresa para la Investigación de Políticas Públicas.

Hay también investigadores chinos a cuyo juicio el sostén fundamental de dicha teoría se localiza en la filosofía política de l Leo Strauss, científico político judío que cuando enseñaba en Estados Unidos, entre finales de los años 30 y principios de los 70, calificaba las democracias liberales al estilo de la república de Weimar como moralmente débiles e incapaces de alcanzar la autoconservación.

La herencia de Leo Strauss

Wang Yizhou opina sin embargo que en las políticas y acciones reales adoptadas por los funcionarios del gobierno, el neoconservadurismo puede en ocasiones variar con respecto a sus orígenes intelectuales. “Hay preocupaciones más directas que la mera filosofía”, dice. Según lo observado también por académicos norteamericanos, ninguno de los pensadores neoconservadores demostró la agudeza para identificar a los nuevos enemigos de Estados Unidos. Se mostraban impacientes por señalar de dedo a China y Rusia, como fuentes principales del mal en los primeros días de la administración Bush.

Tuvo que sobrevenir el ataque del 11-S, para que los pensadores neoconservadores desviaran de mala gana su atención hacia el tema del terrorismo global. No fueron ellos los primeros en asumirlo como amenaza realista.

Cuando se le pide comentar respecto a la obsesión de los pensadores neoconservadores con el imperio romano, Wang indica que para los nuevos conservadores la clave de su inspiración respecto al antiguo imperio no radica tanto en apoderarse y acumular recursos, como en definir las reglas del juego económico actual.

“Parece haber una tendencia a no permitir ningún desacuerdo, ningún desafío y ninguna protección de las organizaciones internacionales. Es como decir ‘yo soy la regla’, y ‘yo soy el orden’. Cuando el denominado nuevo imperio trata de imponer sus reglas, sus defensores actúan a menudo como si, al decir del viejo proverbio chino, quisieran “sustituir la violencia con mayor violencia”, sin muchas consideraciones sobre las consecuencias a largo plazo.

Wang, que también funge como subdirector del Instituto de Economía y Política Mundiales de la ACSCh y redactor jefe de la revista Economía y Política Mundiales, continúa diciendo que, en la práctica, lo menos importante es quién constituye la base filosófica para tal actitud. Lo verdaderamente trascendente es cómo esto afecta a las vidas de los pueblos mundiales.

“Es preciso recordar cómo nos sentimos en los dos últimos años cada vez que veíamos a Estados Unidos dirigir su atención a un nuevo lugar, lleno de cólera y desplegando todo su descomunal poderío. No hicimos más que observar con temor y nerviosismo, sintiendo como se desmoronaba cualquier forma de seguridad. No hacíamos más que preguntarnos: ¿Bastarán tanta cólera y poderío para hacer que los estadounidenses, y todos nosotros, se sientan más seguros?"

La realidad es un sendero tortuoso

Para el veterano investigador, la mayor parte de los conflictos de pos-Guerra Fría con significación internacional (más que regional) ha emergido describiendo una línea “en forma de serpiente” que se desplaza por el continente eurasiático – conectando la periferia de la ex Unión Soviética, el núcleo de la religión islámica, y las zonas multiétnicas y relativamente frágiles de Asia suroriental.

“Todos los conflictos principales se ubican en esta línea”, enfatiza Wang. “éste es el teatro donde todos los estrategas del mundo compiten por demostrar su eficacia”. Las características socioeconómicas de las naciones comprendidas en esta línea “en forma de serpiente” son completamente complejas, resume Wang.

Dichos países incluyen los orígenes de casi todas las más antiguas civilizaciones, los recursos y los canales de comunicaciones industriales más importantes de la era industrial, y el equilibrio más delicado en la influencia de todas las grandes potencias. Cualquier gran potencia que desee garantizar su seguridad nacional tiene que mantenerse atenta a los cambios a lo largo de esta línea, y hacer los ajustes debidos en sus relaciones.

“Mi punto de vista”, aclara Wang Yizhou, “es que el poderío militar y los recursos financieros son solamente parte del poderío de una nación. Constituyen el hardware. Son apenas materiales, y en su mayoría sólo tienen significación instrumental”. Pero ninguna nación puede depender sólo de su hardware para manejar sus relaciones con otras naciones, y para su propia seguridad - especialmente en un viejo continente que ha sido fuente de todo tipo de conflictos por miles de años. “si usted tiene que encarar conflictos desde todas direcciones sin ayuda alguna, no durará mucho, sin importar cuán abundantes sean sus recursos militares y financieros. Actuando así no se consigue la solución a largo plazo que se necesita”.

El precio del software

Después del fin de la Guerra Fría, y especialmente con sus reiteradas campañas bélicas en uno u otro confín, Estados Unidos no ha ganado mucha popularidad si se le compara con su estatus de hace un par de años. “Por un lado no ha obtenido muchos nuevos amigos, pero sí han ocurrido ocasionales tensiones sensibles en sus relaciones con algunos de sus viejos aliados,” admite el experto.

“Lo que me preocupa”, apunta, “es el hecho de que muchos en Estados Unidos todavía no se han detenido a pensar con calma qué es lo mejor para parar a los terroristas que han estado vigentes desde hace dos años”.

Al decir de Wang, el “software” para manejar las relaciones internacionales se corresponde con la capacidad de propiciar que otras naciones trabajen de consuno. Por tradición, las soluciones multilaterales, como son las alianzas y sociedades internacionales, han sido las estructuras más confiables para reducir el impacto de posibles conflictos y sostener un sistema de seguridad internacional. “Una nación precisa de más que valor para luchar; hacen falta su sabiduría y habilidades diplomáticas para construir la protección duradera de su pueblo”.

Para que cualquier sistema internacional funcione, empero, el mismo debe proporcionar un ambiente en el cual sus miembros cooperen a pesar de sus diferencias, reconociéndolas de manera implícita y manejándolas de un modo constructivo.

“El mundo está lleno de variedades y diferencias y en atención a ellas nuestros intereses compartidos y límites comunes merecen una atención especial de nuestra parte. Bien manejadas, estas diferencias pueden convertirse en activas en nuestras relaciones”, añade el analista.

Lo malo del caso es que estas diferencias suelen percibirse como indeseables y reciben un rechazo de plano, recuerda Wang.

Perfil del Dr. Wang Yizhou

El Dr. Wang Yizhou es subdirector del Instituto de Economía y Política Mundiales, de la ACSCh, una de las instituciones de investigación más influyentes de China. Es también profesor de Relaciones Internacionales en la Escuela de Posgraduados de la ACSCh, y redactor jefe de la revista Economía y Política Mundiales, una publicación mensual de la ACSCh.

Graduado de la Universidad de Hubei en 1982, Wang recibió la maestría y el doctorado de la Escuela de Posgraduados de la ACSCH en 1984 y 1988, respectivamente. Fue especialista visitante de la Academia de Ciencias de Hungría de 1987 a 1988 y de la Universidad de Harvard de 1996 a 1997.

Lin Fengmin:

Las culturas colisionan cuando las contamina la política

“¿Cómo podrá la muerte disuadir a quienes no temen inmolarse?” Esta es una cita del viejo libro de la Sabiduría de Lao Tsé. Fue escogida por el profesor Lin Fengmin, uno de los principales especialistas de China en estudios árabes, para describir a quienes habitan en el “fondo de la sociedad” en los países que ha visitado. Este especialista de la prestigiosa Universidad de Pekín agrega de inmediato que en el mundo árabe la revancha ha estado arraigándose por mucho tiempo. “Es fácil, acota, comprender cómo sienten allí los que ven sufrir a sus hermanos palestinos sin poder hacer nada, e imaginar cuáles serán sus reacciones, incluso si uno no condona sus actos”.

“Lo triste es que en los dos años que siguieron a los atentados del 11-S, las relaciones del mundo Islámico con Occidente no sólo no han superado sus viejas diferencias, sino que se han complicado más aún, como se pudo notar con el sentimiento antiestadounidense que desató la invasión de Estados Unidos a Irak”, agrega.

“El presidente Bush, dice Lin, podría haber derribado un panal de abejas en Irak”.

Súmese a ello que los árabes, las amplias masas en especial, tienen una muy particular forma de definir el concepto de terrorismo, muy distinto del que puede manejar Estados Unidos. Resulta muy difícil definir cuando ocurre un actor terrorista si se trata de ataques a fuerzas ocupantes de un país.

“Los propios chinos acometieron muchas de estas acciones contra los japoneses, y los vietnamitas contra los estadounidenses por estar sometidos a guerras de agresión”, explica Lin. “A eso llamamos resistencia. Y si usted considera eso terrorismo, usted estará dando de manera automática a quien le escucha el derecho de preguntarle dónde está su sentido de la justicia”.

De tal modo, acota, la clave reside en tratar de menguar el antagonismo que hoy demuestran los pueblos árabes, y hacer que disminuya su estado de frustración e ira.

La tierra recién conquistada por el Imperio Estadounidense no es un simple sitio habitado por un puñado de perdedores. Es una sociedad compleja. En particular ahora, los sentimientos de los iraquíes atraviesan por un período sumamente complejo.

Si el ejército de ocupación de Estados Unidos continúa ignorando esta complejidad, y se aferra a gobernar el territorio por sus propios fueros, es probable que terminen aprendiendo una lección que no recibieron en el campo de batalla. “Lo que todo el mundo aprecia es una vida estable, pero los iraquíes aún no la tienen”.

De una manera pragmática típicamente china, el erudito sugirió que los ocupantes deberían aprender más rápidamente cómo gobernar a Irak, movilizando para ello todas las redes internacionales y locales, y haciendo que se instale cuanto antes una red local útil. “Una ocupación prolongada puede infligir más daño a la población local que la guerra misma”, explica. “Estados Unidos necesitará reajustar su política en Irak. No podrá llegar lejos imponiendo a los pueblos islámicos sus actuales métodos y forma de pensamiento”.

A juicio del experto, no hay manera de que estas sociedades se transformen a imagen y semejanza de la democracia estadounidense, dado el rechazo con que la perciben los islámicos, y remodelar las mismas, afirma, requeriría un esfuerzo tan descomunal por parte de Estados Unidos, en especial en recursos económicos, que él no ve futuro a esta opción.

Al pPreguntar porqué las emociones de las masas son tan importantes para tratar a los árabes, el profesor Lin explica que son un pueblo orgulloso, y el Islam es una religión que les trajo una gloria comparable solamente a la que aportó la dinastía Tang a China - cuando Europa todavía estaba sumida en la oscuridad del medioevo.

Pero la experiencia árabe en los tiempos modernos, el conflicto israelo-palestino y algunas tentativas reformistas fracasadas, les han sumido en un estado de cólera y desesperación acumuladas que difícilmente desparecerán, y que se pueden respirar en cuanto uno se mezcla con la gente”, dice el analista, evocando sus estancias en ciudades árabes como el Cairo.

“Tal odio y resentimiento se pueden explicar no por la esencia de la sociedad islámica en sí, como tampoco por el hecho de que las civilizaciones estén condenadas a colisionar. Esto último no ocurre a menos que haya interferencia de intereses políticos y comerciales,” argumenta Lin sobre sus reservas respecto a la noción de choque de civilizaciones que esgrimen algunos teóricos occidentales.

“No es menos cierto que diversas culturas pueden tener diversos valores”, recalca, “pero no es probable que tales diferencias den lugar directamente a conflictos y guerras a menos que sean influidos en el terreno político”.

Perfil del Dr. Lin Fengmin

Lin Fengmin es profesor en el Centro de Investigaciones de Literatura Oriental, de la Universidad de Pekín, y subsecretario general de la Asociación China de Estudios sobre la Literatura Árabe. El Ministerio de Educación de China lo designó en 1999 como líder académico de la Base para los Estudios sobre Literatura Oriental en China.

Nacido en 1968, Lin estudió literatura árabe en la Universidad de Pekín desde 1985 y recibió su doctorado en 1999. Ha sido analista visitante en la Universidad de El Cairo, Egipto, en 1993 y 94, y en la universidad de Kuwait de 1996 a 1997.