| En una reciente conferencia de toma de decisiones
de alto nivel en Beijing, los líderes chinos se comprometieron
a mantener el desarrollo económico de la nación, atenuando
a la vez las múltiples contradicciones a las que da lugar el
mismo.
¿Se
trata acaso de una señal de que se ha comprendido la necesidad
de hacer coincidir la economía de mercado con la justicia
social? ¿Por qué se precisa convertir tal comprensión
en política oficial justo ahora? ¿Y cómo se
puede hacer más justa la distribución de oportunidades
mediante una competencia directa?
Los redactores de Beijing Informa Zhang Ruowu, Wang Yong,
Feng Jianhua y Zhang Zhiping proporcionan los siguientes análisis
al respecto:
Lo más probable es que los economistas y sociólogos
occidentales coincidan en que no es posible tal empeño. Al
menos no aparece descrito en los manuales que los mismos han encargado
para sus estudiantes universitarios.
Apenas 25 años atrás, cuando China comenzaba a abrazar
la economía de mercado, muchas personas, tanto de Occidente
como en el Oriente, afirmaron que esta nación intentaba lo
imposible.
China, por su parte, siente la necesidad realista que le compulsa
a tomar la decisión - intentar combinar cuanto de bueno puede
haber en el mercado y la economía planificada, o más
bien, echar mano al filón positivo que subyace en la libre
competencia y la programación gubernamental de la inversión.
De cara a los cada vez más conspicuos desequilibrios que
exhibe la sociedad, como bien admitió el comunicado de una
conferencia del poderoso Comité Central del Partido Comunista
de China (PCCh), llevada a cabo a principios de octubre, estos desequilibrios
incluyen los que se dan entre las condiciones urbanas y rurales,
entre los niveles de vida de diversas regiones, entre el desarrollo
económico y social, entre el consumidor y las preocupaciones
ambientales, y entre el mercado interior y el externo.
Para esta nación, el desarrollo ha dejado de ser sinónimo
de la presencia de unos pocos artículos de consumo más,
como sucedió a principios de los años 80, cuando la
mayoría de las familias compartían similares niveles
de pobreza y luchaban por ahorrar dinero para comprar una bicicleta
nueva o un pequeño televisor en blanco y negro.
Crece con el tiempo el clamor generalizado del público para
que China deje de preocuparse por la cantidad, ya sea en la producción
de bienes materiales, en los ingresos por ventas, o en cuanto al
Producto Interno Bruto (PIB).
El
destacado economista Liu Guoguang, que por un tiempo fungió
como vicepresidente de la Academia de Ciencias Sociales de China,
precisa que si bien el desarrollo debe seguir siendo la tarea central
del gobierno, su definición no debe enmarcarse sólo
en el crecimiento de la economía. El desarrollo debe ser
una búsqueda seria de valores humanos.
La educación debe ser el destino de los mejores recursos,
al igual que la salud pública y la Seguridad Social. Sólo
así puede la economía mantener su crecimiento, y todos
los ciudadanos beneficiarse de ella. Este ha sido el compromiso
adquirido por el CC del PCCh en su comunicado de octubre.
Pero no se trata de que Beijing esté emprendiendo una "guerra
contra los ricos," como sugieren ciertos argumentos aparecidos
de manera ocasional en la prensa o Internet. Ni hay planes de moverse
en esa dirección, como tampoco se piensa poner trabas al
desarrollo de la empresa privada y la inversión extranjera.
Cabe aclarar asimismo que el gobierno, del nivel central hacia
abajo, no ha pensado en la posibilidad de aumentar sustancialmente
las imposiciones fiscales para calzar su presupuesto de bienestar
social.
El enfoque global que hoy propugna China estriba en intentar librarse
de los flagelos sociales que acompañan a un mercado descentralizado,
mientras mantiene la dinámica de la economía. El mercado
laboral no tiene forma alguna de expandirse sin el apoyo de dicha
dinámica. En momentos en que casi la mitad de los universitarios
no puede recibir ofertas de trabajo inmediatamente después
de su graduación, y que el índice de desempleo urbano
supera incluso el 4 por ciento a nivel nacional, los reclutamientos
del sector privado son de especial importancia.
De hecho, como bien han diagnosticado los economistas chinos, muchos
de los dramáticos desequilibrios que ocurren en la economía
no están relacionados con la naturaleza de la economía
de mercado, o la “excesiva” competencia en el mismo,
sino que son remanentes de la vieja economía centralizada,
o dimanan de una carencia de competencia abierta.
Todos los dueños de edificios de oficinas y hogares privados
en Beijing pueden dar fe de cómo los trabajadores de la compañía
municipal del gas están realizando inspecciones constantes.
Se trata básicamente de visitas para obtener sobornos en
efectivo.
De seguro pueden también decir cómo la compañía
municipal de TV por cable elevó sus cobros mensuales en un
50 por ciento a mediados de 2003, lo que le permitió ingresar
a sus arcas 1.500 millones de yuanes en el año. La compañía,
a la cual la prensa local ha bautizado como “empresa imperialista,”
ni siquiera se molestó en recoger opiniones de los consumidores
antes de llevar su decisión a la práctica.
La única explicación del por qué estos “imperialistas”
pueden decidir a sus anchas en la capital china está en su
pertenencia a un monopolio con respaldo gubernamental.
Lo cierto es que muchas compañías por cable dirigidas
por los gobiernos regionales han “ajustado” sus cobros
con una alta dosis de libre albedrío.
El comunicado partidista de octubre pone el dedo sobre la llaga,
al subrayar la pertinencia de eliminar los monopolios tradicionales,
en campos como las telecomunicaciones, la generación y fuentes
de energía, los servicios ferroviarios y aéreos, y
las utilidades públicas. Estas áreas se están
abriendo ya a los inversionistas, incluidos los de ultramar.
Se augura que a mayor competencia habrá mayor gestión
empresarial y, a consecuencia, más oportunidades de trabajo,
a la vez que se pone un límite a la discrepancia por ingresos
entre las industrias.
Las divergencias por ingresos en China tienen varias causas, según
el profesor Chen Wentong, de la Escuela Central del Partido. Algunas
son causas normales, o naturales, tales como las diferencias entre
las regiones geográficas. Tales diferencias se pueden aliviar
con el desarrollo.
Hay también algunas diferencias inevitables, resultantes
de la competencia del mercado abierto. Pero cuando pululan las preguntas
en Internet, de manera absolutamente comprensible, sobre la legitimidad
del aumento exponencial en el poder económico de los nuevos
ricos chinos, precisa el economista, la sociedad no debe pasar por
alto las causas de tal fenómeno en el sistema.
Las causas son anormales, insiste, como se percibe, por ejemplo,
en los variables niveles de beneficios, según sea la intensidad
del control que el gobierno ejerce sobre las diversas industrias.
Estos problemas sólo se pueden eliminar mediante la reforma.
Con frecuencia, los monopolios industriales tienden a ofrecer los
peores servicios a los clientes, mientras pagan a su personal salarios
más altos y hasta fomentan la corrupción.
Gao Shangquan, presidente de la Sociedad China de Reforma Económica,
les llama “industrias monopolistas”. Su mera existencia,
observa, constituye una amenaza a los intereses de los clientes,
a la competencia, a la apertura del mercado de capitales y a la
justicia social.
Esto se explica, argumenta el economista, porque estas industrias
de monopolio son causa directa de las desigualdades en los niveles
de ingresos de China. De acuerdo con estadísticas, las 10
industrias mejor pagadas de China son monopolios o semi-monopolios,
mientras que las industrias donde se ha extendido más la
competencia, obtienen niveles de beneficios por debajo del promedio.
Una de las fórmulas más socorridas para reformar
las industrias monopolistas de China ha sido reestructurarlas y
convertirlas en compañías públicas competidoras,
de modo que se pongan a flotar las acciones en los mercados de capitales
doméstico y de ultramar. Esto, según las definiciones
del diccionario de Beijing, implica un cambio hacia la propiedad
mixta. La acepción ha pasado ahora al glosario del comunicado
octubrino del CC.
También por primera vez en la historia moderna de China,
acota el conocido profesor Qiu Xiangyang, de la Cátedra de
Economía y Administración de la Universidad Sudoriental,
las compañías de capital mixto, especialmente las
que mezclan inversiones del estado y otros sectores, han recibido
el visto bueno para actuar como corriente principal futura del sistema
corporativo chino.
Así las cosas, dice el profesor Tang Qiguo, de la Academia
Municipal de Ciencias Sociales de Nanjing, la bolsa china tiene
por delante perspectivas absolutamente sanas para su desarrollo,
a pesar de las constantes quejas que hoy priman entre los inversionistas.
En una sociedad donde se impone la propiedad mixta, y donde se
generará de manera inevitable un descomunal volumen comercial
de derechos de propiedad, la bolsa está llamada a desempeñar
un papel de singular trascendencia.
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