Las esperanzas de un maestro
 

FENG JIANHUA

Después de tres horas de viaje en coche por el norte de Beijing, al final de una vía enlodada, uno se da de bruces con Bai Jingshan, un profesor de 55 años de edad de la escuela de Chaoheyuan. Bai ha impartido clases de niveles múltiples por espacio de 32 años, en un edificio de dos plantas cuya estructura sobresale entre las hileras de casas espartanas de un solo piso. Estamos en la escuela primaria Esperanza de Beijing de Chaoheyuan.

En 1998, la Oficina de Protección del Medio Ambiente de Beijing y otras unidades construyeron la escuela con ayuda del proyecto Esperanza, una organización no lucrativa que ayuda a que los niños de familias pobres asistan a la escuela. El centro docente está situado en el condado autónomo manchú de Fengning, provincia de Hebei, un condado empobrecido.

La “educación de los niños debe ser la prioridad,” según la política del gobierno chino, a tenor de la cual se están construyendo más escuelas de este tipo.

La escuela de Chaoheyuan tiene 26 estudiantes en tres grados: el pre-escolar, primero y segundo grados. A diferencia de las escuelas en las áreas urbanas, en las áreas rurales de escasa población todos los estudiantes asisten a una misma aula.

Bai se hizo maestro en 1971, cuando el condado autónomo manchú de Fengning necesitaba con urgencia un profesor. Su educación se detuvo en la enseñanza preuniversitaria, lo que le convirtió en la persona más educada del área. “Me alegraba tener el puesto en aquella época, puesto que no tenía ningún trabajo. La enseñanza es siempre un trabajo permanente,” señala Bai.

“Luego del comienzo de la reforma y apertura en China, en 1978, el gobierno local prestó más atención a la calidad de la educación. Antes de esa época, las escuelas primarias en las áreas rurales solamente enseñaban chino y matemáticas. Gradualmente, se fueron añadiendo más cursos, incluida la música, educación física, arte y naturaleza. Todas han contribuido a incrementar notablemente el nivel de la educación rural,” explica.

El trabajo del Bai no es fácil. Debe atender varios niveles y capacidades, mientras mantiene a todos los estudiantes en la escuela. “La carga de estudio individual es muy importante. Sin él, los estudiantes no tendrán nada que hacer. Por otra parte, los estudiantes no pueden asimilar una carga excesiva de tareas. Ambas situaciones lesionan la calidad de la enseñanza.”

“Durante los recesos, me dedico a revisar las tareas. Y también me ocupo de que los alumnos estén bien cuidados. A veces me siento incapaz de asumirlo todo solo,” se queja Bai.

Según Bai, en sus primeros tiempos de maestro ganaba apenas 20 a 30 yuanes al mes, lo que se consideraba entonces como un sueldo alto. Ahora devenga 750 yuanes mensuales. “En las áreas rurales empobrecidas, usted se puede dar por dichoso si tiene trabajo con un ingreso mensual constante,” afirma Bai.

Bai tiene dos hijas y un hijo. Sus hijas se casaron hace algunos años, y su hijo estudió comercio después de acabar la escuela secundaria. Cuando el hijo del Bai cumplió 23 años el año pasado, se casó como es costumbre local. Bai utilizó todos sus ahorros para la boda y para construirle una casa nueva a la joven pareja. Según Bai, no hizo más que cumplir con su deber.

El maestro dice que lo debe todo a su esposa, Li Tianxia. Como el marido se mantenía demasiado ocupado con la escuela, Li trabajaba sin ayuda en su granja de 0,9 hectáreas. Hoy Li sufre de reumatismo y agotamiento.

“De noche siente dolores por todo el cuerpo,” explica Bai, para añadir que “a veces no puede ni dormir. Le pido perdón, pero no puedo hacer más que comprarle medicamentos y confortarla.”

La esposa, de 50 años de edad, nunca tuvo la oportunidad de ir a la escuela. Ella es hospitalaria, franca y honesta; su piel oscura y ásperas manos quedan como testigos de su vida de ama de casa rural.

“Tenía la ilusión que Bai me ayudara durante las cosechas, pero él no tenía tiempo nunca. Ahora sólo quiero que él enseñe bien a todos esos niños,” dice Li.

A su entender, la agricultura no es rentable, y hay que sentirse felices si ganan 1.000 yuanes en beneficios netos de la granja al año. “La siembra nos garantiza los alimentos. Y su sueldo como maestro no es bastante para comprar alimentos en el mercado, por no hablar ya de ahorrar dinero”.

Al igual que muchos granjeros en áreas rurales empobrecidas, Bai y su esposa raramente se alejan del hogar. Bai ha estado en Beijing en un viaje de excursión como trabajador local destacado, pero esa ocasión ha sido su salida más lejana, a apenas 250 kilómetros de distancia. “Beijing tiene amplias calles y muchos centros comerciales con gran variedad de mercancías,” recuerda Bai, cuya memoria se ha ido nublando con el paso del tiempo.

El maestro vive en una casa de una sola planta de 70 metros cuadrados, con un patio, dos dormitorios, una sala de estar y una cocina. La familia no posee ningún equipo electrodoméstico típico de una casa moderna, con la excepción de un televisor de color de 21 pulgadas. Li dijo que ella produjo una cosecha de rábanos el año pasado, que resultó inesperadamente buena. Por ello ganó 1.000 yuanes. La familia tomó una gran decisión y compraron el aparato de TV, que ahora es su único medio de diversión en la noche.

“Apenas salgo del campo y tengo una pobre impresión del mundo exterior. Todo lo que aprendo sobre sucesos y cambios en el mundo y en China lo conozco por la TV. Y las cosas que aprendo en TV tienen un papel importante en las lecciones que imparto,” argumenta Bai, que pasa a referirse sobre las relaciones cada vez más tensas entre la India y Pakistán.

“No exijo mucho para vivir. Deseo solamente enseñar bien a mis estudiantes y ganar la confianza de mis coterráneos. En un área tan empobrecida, no es fácil enviar a un niño a la escuela,” señala.

“Hablando sinceramente, en el pasado quise abandonar mi actual trabajo y encontrar un empleo en la ciudad, como han hecho otros. O incluso comenzar un negocio en casa. Estoy seguro que habría ganado más dinero de lo que gano enseñando. Pero no deseo abandonar la docencia ni dejar a mis alumnos. He sido profesor por 32 años. Han pasado tan de prisa que a veces me cuesta creerlo,” sostiene Bai con una sonrisa.