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Por Wang Yusheng
(El autor fue alto funcionario chino en la CEAP)
Para algunos políticos estadounidenses la democracia
no pasa de ser un camaleón, que cambia de color según
la situación que dictan los intereses. Pertrechado de una
visión oportunista, Washington no vacila en colgarle el sambenito
de “antidemocrático” a cualquier país
con el que entre en contradicciones.
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| Tributo luctuoso a los soldados estadounidenses
muertos en Irak. |
La administración de George Bush emprendió la invasión
a Irak con el mayor desenfado posible, sin imaginar que pocos meses
después, su incursión militar por el país de
Asia Menor se convertiría en un descomunal atolladero. Hoy,
cada soldado estadounidense que cae en Irak - y la cifra no para
de aumentar -, significa un tanto menos para los niveles de popularidad
del mandatario en su país.
Con todo, el inquilino de la Casa Blanca no parece dispuesto a
reconsiderar su política respecto al país ocupado,
y haciendo caso omiso de los problemas sigue embistiendo.
El 6 de octubre, en una alocución al mundo en la Fundación
Nacional por la Democracia, Bush reiteró que su misión
histórica es diseminar la democracia por todo el orbe, mensaje
que utilizó como baza política para granjearse el
apoyo del electorado norteamericano. En la ocasión enfatizó
que la guerra contra Irak es apenas el comienzo de una nueva ronda
de implantación global de la democracia a cargo de EE.UU.,
paso necesario para promover el talante democrático en el
Medio Oriente. “Se trata de una empresa colosal y difícil,”
señaló Bush. “(pero) vale la pena que lo intentemos,
pues sabemos cuanto hay en juego.”
El discurso de Bush desató la polémica en los fueros
domésticos y en la comunidad internacional. Shipley Telhami,
profesor de la Universidad de Maryland, en EE.UU., y experto en
asuntos del Medio Oriente, destacó que Bush había
enfatizado los derechos políticos de la mujer en el mundo
árabe, pero lo hizo favoreciendo a países donde, como
Kuwait, las mujeres no tienen derecho al voto, a la vez que la emprendía
contra Irán y Siria, donde las mujeres sí cuentan
con dicha prerrogativa. A juicio de Telhami, ello obedece a que
los dos últimos se oponen a la política de Washington
en el Medio Oriente, sobre todo su posición respecto al conflicto
israelo-palestino. Lo que más preocupa a EE.UU. al manejar
las relaciones internacionales no es “quién es más
democrático”, sino “quién es amigo y quién
adversario de EE.UU.”
Un diplomático árabe dijo en cierta ocasión
en tono de broma que “cuanto más se alaba a George
Bush, más democrático se es.”
Si se echa un vistazo a la historia estadounidense, se verá
que el país siempre ha adoptado políticas de doble
rasero de cara a sus relaciones internacionales. En cierta rueda
de prensa, un reportero preguntó al fallecido presidente
Franklin Delano Roosevelt por qué EE.UU. apoyaba a un dictador
que gobernaba en un país de América Latina, y de quién
se sabía que había ordenado la muerte de muchos. Roosevelt
contestó sin demora: “Puede que sea un hijo de puta,
pero es un hijo de EE.UU.” Tras el fallido golpe de estado
perpetrado por la reacción derechista en Venezuela, en abril
del año pasado, la Organización de Estados Americanos
(OEA) sostuvo una reunión de emergencia en su sede de Washington.
Todos los miembros condenaron en los más duros términos
el golpe, con la excepción de EE.UU. El diario The New York
Times puntualizó que si EE.UU. no considera que se ha producido
un golpe de estado, entonces no existe tal golpe.
EE.UU. ha brindado tradicional apoyo para aupar a sus amigos latinoamericanos
al poder, sin importar si se trata de militares o civiles; sólo
cuenta el grado de lealtad que los mismos sean capaces de demostrar
a la Casa Blanca.
No quepa duda, por lo tanto, que para algunos políticos
estadounidenses la democracia no pasa de ser un camaleón,
que cambia de color según la situación que dictan
los intereses. Pertrechado de una visión oportunista, Washington
no vacila en colgarle el sambenito de “antidemocrático”
a cualquier país con el que entre en contradicciones.
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