¿Se convertirá
Irak en un atolladero militar del Medio Oriente para EE.UU., al
estilo de Viet Nam?
EE.UU. ha pisado un panal de avispas y ahora
deberá luchar contra los aguijones.
Por YU WANLI
(El autor trabaja en el Instituto de Estudios
sobre EE.UU. de la Academia de Ciencias Sociales de China)
Las tropas extranjeras asentadas en Irak han encarado la paradoja
de vivir un verdadero infierno en medio del santo mes musulmán
del Ramadán.
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Soldados estadounidenses rinden tributo postrero a sus
compañeros de armas que murieron en un ataque de la
resistencia iraquí contra las tropas de ocupación
de EE.UU. en el país de Asia Menor. XINHUA/REUTER
Restos de un helicóptero militar de EE.UU., uno de
los dos Blackhawk que fueron derribados en la norteña
ciudad iraquí de Mosul. XINHUA/REUTER
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Las fuerzas de la resistencia iraquí y los extremistas musulmanes
han transformado el sagrado festivo de este año en un baño
de sangre, terror y odio. La paz nocturna del 23 de noviembre se
quebró, ahuyentada por el fuego graneado que supuso el final
del mes de ayuno de la secta Suní en Bagdad, la capital del
país.
Los efectivos foráneos han sufrido los ataques más
feroces desde que se declararon finalizadas las hostilidades. En
apenas 30 días, EE.UU. ha perdido a 80 solados en ataques
de la resistencia, como recordatorio de que la lucha en Irak no
ha concluido, aunque la guerra esté oficialmente terminada.
Durante el Ramadán, las explosiones terroristas trascendieron
las fronteras iraquíes para alcanzar asimismo a sus vecinos.
Tres explosiones estremecieron a Riad, capital de Arabia Saudita,
el 8 de noviembre, con el saldo de al menos 18 muertos y 400 lesionados.
El 15 de noviembre, sendas explosiones cerca de dos sinagogas en
Estambul, capital de Turquía, se cobraron 25 vidas y dejaron
más de 300 heridos. Otras dos explosiones dañaron
la sede del banco HSBC y el consulado británico en Estambul,
el 20 de noviembre, matando a 27 personas, incluyendo el cónsul
general británico Roger Short. La opinión pública
mundial tiene razón para preocuparse de que el avispero desatado
por EE.UU. comience a picar a diestra y siniestra en todo el Medio
Oriente.
No resulta aventurado comparar la actual situación de Irak
con la de Viet Nam en pleno conflicto con EE.UU. en los años
60 y 70. Ante todo, ambas conflagraciones armadas tuvieron lugar
en momentos en que la Oficina Oval ha estado ocupada por presidentes
“vaqueros” de Tejas -- Lyndon B. Johnson y George W.
Bush. Por otra parte, ambos mandatarios han contado con Secretarios
de Defensa de línea dura -- Robert McNamara y Donald Rumsfeld.
El primer dúo abandonó el poder debido al atolladero
que constituyó para el país la intervención
en Viet Nam. El futuro político de Bush depende claramente
del desenlace de la campaña en Irak.
En segundo lugar, las tropas de EE.UU. han enfrentado estrategias
guerrilleras en ambos campos de batalla. En Viet Nam, los soldados
de EE.UU. apenas lograban distinguir quién era y de dónde
provenía el enemigo; Rumsfeld ha advertido a sus soldados
en Irak que los ataques pueden ocurrir en cualquier lugar, de cualquier
manera y en cualquier momento.
Según el Pentágono, desde el principio de la guerra
de Irak, el 19 de marzo, y hasta finales de octubre, las bajas militares
de EE.UU. superaban las 9.200, entre ellas, 422 muertes. Desde el
final de la guerra han perecido 283 personas, una cifra superior
a las 139 ocurridas en los combates. Los medios occidentales han
enfatizado que el número de soldados estadounidenses muertos
en Irak en los primeros seis meses es igual al ocurrido en los primeros
tres años de la guerra de Viet Nam. Expertos han comparado
los ataques lanzados por las fuerzas de la resistencia iraquí
durante el Ramadán con la ofensiva del Tet lanzada por las
guerrillas vietnamitas en enero de 1968.
Los ataques de la resistencia iraquí contra las fuerzas
de EE.UU. han cambiado substancialmente en frecuencia y escala,
así como en grado y efecto. Este verano, las tropas de EE.UU.
fueron atacadas como promedio 15 veces al día; esa cifra
se elevó más adelante hasta 25. Al llegar el Ramadán,
los ataques aumentaron a 33 veces por día, para llegar a
un pico de 46. Por otra parte, los iraquíes están
cada vez más organizados y equipados, con misiles y morteros
que usan contra blancos de EE.UU. Ya no se trata de ataques esporádicos,
sino de acciones bien planeadas y dirigidas.
Los recientes ataques contra blancos estadounidenses también
tienen objetivos definidos y de evidente cariz político.
Los atentados contra la jefatura de la alianza de EE.UU.-Gran Bretaña
y el hotel donde se alojó el subsecretario de Defensa de
EE.UU. Paul Wolfowitz, durante su visita a Bagdad en octubre, tuvieron
poca significación militar, pero constituyeron una eficaz
demostración política. Las fuerzas de la resistencia
también difundieron supuestas grabaciones de Sadam Husein,
asesinaron a miembros del Consejo de gobierno de Irak y atacaron
aviones comerciales extranjeros y las oficinas del Comité
Internacional de la Cruz Roja en Irak.
El objetivo es diseminar el miedo por todas partes, impedir el
trabajo de reconstrucción y aislar a EE.UU. de la comunidad
internacional.
Las informaciones y fotos de los muertos estadounidenses en Irak
hacen que se incremente la presión doméstica en EE.UU.
para que la administración de Bush retire las tropas de Irak.
Debido a la situación de inseguridad, muchas organizaciones
internacionales se han retirado del país, al cual no ingresan
las fuerzas de la coalición como se había planeado.
Tercero, los motivos de EE.UU. detrás de ambas guerras son
similares. La guerra en Viet Nam respondió al impulso ideológico
de detener el avance comunista en Asia sudoriental. Ahora, enarbolando
una ideología similar, EE.UU. afirma que para suprimir las
raíces del terrorismo, deben imponerse la libertad y la democracia
occidentales en Irak y el Medio Oriente.
En su discurso del 6 de noviembre ante la Fundación Nacional
para la Democracia, el presidente Bush dijo: “mientras la
libertad no prospere en el Medio Oriente, éste seguirá
siendo un lugar donde el estancamiento, el resentimiento y la violencia
estarán para la exportación.” Para contrarrestar
esta situación, EE.UU. ha resuelto exportar a la fuerza su
democracia a Irak y después reconstruir el patrón
político de la región.
Finalmente, el presidente Bush encara una presión política
en el país similar a la que experimentó el presidente
Johnson durante la guerra en Viet Nam.
En medio de la campaña para las elecciones presidenciales
de 2004, los expertos predicen que la reelección de Bush
dependerá de la situación en Irak, de la economía
de EE.UU. y de la estrategia de los candidatos demócratas.
Estos tres factores se entrelazan. Según aumentan las muertes
de EE.UU. en Irak, así disminuye el grado de aprobación
a la gestión de Bush, de un previo 80 a 90 por ciento hasta
48 por ciento, dando lugar a una reducción en la brecha que
le separa de sus rivales.
La guerra de Irak ha consumido $79.000 millones en sus primeros
seis meses, y ahora engulle un promedio de $5.000 millones al mes.
Aunque el congreso ha aprobado otros $87.000 millones para la reconstrucción
en Irak, nadie sabe por cuánto tiempo deberán permanecer
allí las tropas de EE.UU. y hasta dónde ascenderá
la factura por la reconstrucción.
Además, el déficit fiscal de EE.UU. suma ya $480.000
millones, de los cuales una cuarta parte son gastos militares.
Es posible que en Washington calcule que Irak podría convertirse
en otro Viet Nam. El presidente Bush, tratando de emular el ejemplo
de la política de “vietnamizacion” de Nixon,
hace 30 años, procura “iraquizar” la guerra.
EE.UU. ha decidido traspasar el mando a un gobierno transitorio
que debe ser elegido en junio de 2004, con lo cual colocará
en hombros de los nacionales la responsabilidad de mantener la seguridad
pública, controlar la situación política e
incluso librar las batallas adicionales que pueden ocurrir en el
país. Las tropas de EE.UU. se han ido retirando gradualmente
del frente de batalla y han intentado cambiar su papel de tropas
de ocupación al de tropas extranjeras de defensa invitadas
por la dirección de Irak.
EE.UU. y Gran Bretaña se habían opuesto enérgicamente
a suscribir el capítulo relativo al traspaso de soberanía
a los iraquíes en la resolución 1511 de la ONU, pero
pasado un mes, Washington cambió de idea. Resulta inevitable
asociar esta decisión con las intenciones de EE.UU. de salir
de Viet Nam en 1973, retirar sus tropas del Líbano en 1983
y salir precipitadamente de Somalia en 1993. ¿Se retirará
EE.UU. de otro campo de batalla, dejando que los nacionales reorganicen
el desaguisado que Washington ha causado?
EE.UU. debe preocuparse más de retirar sus efectivos de
Irak, que de entregar el mando a los iraquíes. Es obvio que
la administración de Bush no renunciará a controlar
Irak totalmente, puesto que el país es la base para su estrategia
de controlar el Medio Oriente. Pero mientras las tropas estadounidenses
permanezcan en Irak, no se detendrá la “Guerra Santa”
que libran las fuerzas anti-estadounidenses y los extremistas árabes.
Es poco probable que la política de “iraquización”
traiga seguridad y estabilidad al país. Si se traspasa el
mando a los iraquíes, existen muchas posibilidades de que
vuelvan a la superficie las contradicciones religiosas y nacionales.
Los chiíes, que son la mayoría de la población
de Irak, pueden dominar el recién electo parlamento iraquí,
dando lugar a nuevos choques religiosos con los suníes por
el control político. En cuanto a los kurdos, que son militarmente
fuertes, difícilmente acepten un gobierno de suníes
o chiíes.
Y no hay que descontar la peligrosa posibilidad de que retornen
las fuerzas de Sadam. Incluso si Sadam no restablece su poder, las
contradicciones entre chiíes, suníes y kurdos pueden
conducir a una guerra civil, o a la división del país.
Es resumen, EE. UU. se ha metido en camisa de once varas y ahora
no sabe como sacársela. |