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Agitada crónica de un turista involuntario en Hangzhou
Por Isidro Estrada
(Segunda parte)
Té y Seda: dos negocios milenarios
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| Ceremonia de servicio de té en el museo
que Hangzhou dedica a esa milenaria infusión. |
Pasando a un orden más mundano, Hangzhou es cuna –y
sobre todo mesa – de un verdadero desfile de delicias culinarias.
Sus platos originales, de los que se contabilizan más de
40, agradan por partes iguales a la vista, el olfato y el paladar.
Entre los más conocidos descuellan el pescado agrio del Lago
Oeste, la Cabeza de Pescado con Queso de Soya, la Sopa de Escudo
de Agua del Lago Oeste, el Cerdo Dongpo – en homenaje al famoso
letrado local Su Dongpo, de la dinastía Song -, la Sopa de
Pescado de la Hermana Song, el Pollo del Mendigo y el Camarón
con Té del Pozo del Dragón. Estos tres últimos
tuve oportunidad de probarlos en el restaurante Zhiweiguan, un conocido
local, a orilla del lago, como es de suponer. ¿El resumen?
Excelentes. Especialmente delicado en textura y sabor es el Camarón
sazonado con Té del Pozo del Dragón. Se afirma que
el paltillo en cuestión surgió por puro accidente,
algo similar a lo sucedido al chef cubano Gilberto Smith con su
Langosta al Café: un cocinero chino de tiempos remotos incluyó
por error té como ingrediente de un plato de camarones. Al
emperador, a quien iba destinada la receta, le agradó tanto
el preparado fortuito que desde entonces el mismo quedó incluido
en el menú imperial y, por fortuna para los que disfrutamos
de la gastronomía, en la memoria colectiva china. ¡Ah,
y todo esto mojado con la presencia constante de la cerveza Xihu,
la bebida emblema de la ciudad. Un producto de empresa a riesgo
compartido entre la Fábrica de Cerveza de Hangzhou y el Grupo
de la Cía. Ltda. Asahi Beer Yitengzhon, que se han dividido
los 226 millones de yuanes de capital registrado de la empresa a
razón de 45 y 55%, respectivamente.
La
mención del plato de camarones nos conduce a otra afamada
industria de Hangzhou: el té. Los lugareños han estado
cultivando y bebiendo el té de Longjing (pozo del dragón)
desde tiempos inmemoriales. Se afirma que esta hoja, por las condiciones
naturales únicas en que crece (en medio de nubes y niebla
por prolongados períodos, y en terrenos ricos en fósforo
y arenas subácidas), da lugar a una infusión sin rival
en toda China. Tanto apego demuestran los hangzhouneses a su té
que han erigido el Museo del Té de China en sus dominios.
Se trata de un complejo de cinco edificios de moderno diseño,
donde es posible obtener una visión histórico-cultural
sobre el desarrollo del cultivo y consumo de esta planta teácea
en China y otras latitudes. El inmueble acoge cada año a
expertos de diversas nacionalidades, quienes se congregan en el
lugar para intercambiar experiencias. El día de nuestra visita,
recibimos una pormenorizada explicación sobre los cursos
en los cuales se preparan a jóvenes de ambos sexos –con
especial énfasis en las mujeres- para adiestrarlos en el
delicado arte de preparar y servir esta infusión. No hay
que esforzar mucho la mente para imaginar que concluimos nuestra
excursión bebiendo un té inmejorable, preparado por
las manos de bellísimas hijas de esta ciudad meridional,
con hojas perfumadas por las nubes del Monte Longjing.
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| Museo de la Seda donde se conservan antiquísimos
telares y otros objetos relacionados a esta industria. |
Inaugurado en febrero de 1992, el Museo de la Seda de China dedica
sus 10.000 metros cuadrados, al pie de la Colina Yuhuang, a reflexionar
sobre 5.000 años de historia en el uso de la seda. Sus instalaciones
disponen de varios pabellones, a saber, el del Preludio, el de las
Reliquias, el Folklórico, el del Gusano de Seda, el de la
Manufactura de la Seda, el de los Telares, el del Teñido
y el de los Logros Modernos.
Aquí se encuentran desplegados objetos que datan desde el
Neolítico y pasan por las dinastías Han, Tang, Song,
Yuan, Ming y Qing, hasta llegar a nuestros días. Se incluyen
asimismo temas relacionados con las tres Rutas de La Seda, a través
del desierto, el mar y tierra. El turista puede profundizar sus
conocimientos respectivos, deleitarse con un desfile de modas realizadas
cien por ciento en seda y al final, de acuerdo con el presupuesto,
llevarse a casa piezas representativas de este quehacer milenario,
que se expenden en una tienda contigua.
Un poco menos románticos, un tanto más
empresarios
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| Entrada a cabaña en el Lago de las Mil
Islas. |
Pero a Hangzhou le ha ido quedando estrecha la chaqueta del té
y la seda para sustentar a su población. La ciudad se ha
sumado a la caravana de la descentralización financiera y,
como otras tantas localidades del país, hace todo tipo de
piruetas por diversificar sus vías de ingreso monetario.
Aunque el turismo es rentable, los hangzhouneses han querido dar
un pasito más allá, procurando extender un poco más
la manta donde caen las monedas que compran el sustento diario.
Por eso, desde hace cinco años, son anfitriones de la Exposición
del Lago Oeste. Es un encuentro de marcado carácter comercial,
a cuya sombra se cocinan numerosos pactos comerciales, y al que
concurren cada vez en mayor número empresarios a la caza
de filones dorados en la inversión.
Gracias a la expo – según nos confesó en sobremesa
Chen Wenzhen, funcionario de la Oficina de Información del
Poder Popular Municipal-, Hangzhou logró llevar su PIB de
los 100 millones de yuanes de 2002, a los 300 de 2003. En buena
medida, el ascenso se vincula además al sostenido flujo de
turistas, que el año pasado se situó en 1,7 millones,
mientras que los impuestos que se cobran a hoteles y otras entidades
vinculadas al ocio y el comercio en temporada alta (aumentados en
35% este año) dejan rentas considerables a las arcas locales.
Como dato significativo, Chen nos dijo que solamente por concepto
de gravámenes cobrados a la ceremonia de fuegos artificiales,
que cada año ocurre a orillas del lago, el gobierno municipal
se embolsó tres millones de yuanes en 2003. Consuela saber
que tan altas demandas del fisco, al decir de Chen, sirven para
sostener programas de ayuda social –incluidos programas de
atención médica - a desvalidos y campesinos sin tierras.
Islas de loros y candados y una ciudad sumergida
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| Uno de los puentes colgantes que sirven de
unión en el Lago de las Mil Islas. |
Cuando todo parecía dicho y hecho, nuestro itinerario alcanzó
un colofón digno de las premociones que me asaltaron el primer
día. Saltando dos municipios intermedios, nos fuimos –
bueno, nos llevaron - al municipio de Chunan, que acoge a uno de
los sitios más desconcertantes de China: el Lago de las Mil
Islas (Qiandao Hu). A 30 metros bajo la superficie yace una ciudad.
Allí permanece desde que en 1959 las aguas del embalse Xinanjing,
ubicado entre los condados de Chunan y Jiande, se tragaron todo
el poblado. A los habitantes del lugar les entregaron una compensación
casi simbólica y les ayudaron a tomar las de Villadiego.
Es difícil hoy desembarazarse de cierta mortificación,
al saber que, en pro del desarrollo, quedaron cubiertas de cieno,
algas y miles de litros de agua, una ciudad cuyas estructuras originales
databan de cerca del año 200 ANE y una muralla urbana de
la dinastía Ming. Otro tanto ocurrió con la puerta
de la ciudad, que ostentaba la firma de Qian Long (1736-96), cuarto
emperador de la última dinastía china, la Qing (1644-1911).
La ciudad fue quedando en las brumas del recuerdo hasta que en
2001 la misma fue redescubierta por un grupo de buzos que sin ayuda
de mapa alguno, guiándose por algo de instinto, dieron con
los muros perdidos en el fondo del lago, que se ve imponente a 108
metros sobre el nivel del mar. La multitud de islotes (1.078 en
total) que hoy sobresale en el lago - de ahí su nombre-,
fueron en otras épocas colinas que rodeaban la ciudad.
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| Isla de los Candados. Gigantesco candado en
el cual los turistas depositan dinero pidiendo paz y tranquilidad. |
Entre estos miles sobresalen algunas especialmente dedicadas a
la actividad turística, como la Isla de los Pájaros,
la de los Candados o la de los Monos. Varias están vinculadas
entre sí por puentes colgantes y, en el caso de la Isla Tibia
(Wenxin), donde pernoctamos, se le ha dotado de un conjunto de cabañas
de primera categoría, con todo tipo de confort, en una especie
de hotel cuatro estrellas trasladado a un paraje esencialmente remoto.
Cabe por tanto deducir que los precios, de unos 2.000 yuanes la
noche, no son cosa de juego.
Si París vale una misa, el Lago de las Mil Islas, el Lago
Oeste, y Hangzhou en su conjunto, merecen que en su honor se obvien
los desvelos que ciertas etapas del viaje nos causaron, en especial
cuando problemas organizativos, o puras casualidades, nos dejaban
varados en la orilla de un lago, a la espera de una lancha que nunca
llegaba, detenidos en una carretera bloqueada por el inminente paso
de una caravana oficial, o rumiando nuestra impaciencia en el suelo
de un aeropuerto, por obra de caprichosos cambios de última
hora en los itinerarios aéreos.
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| Las mujeres de Hangzhou son reconocidas en
todo el país por su belleza. |
Las reacciones de nuestro grupo ante las dificultades, o la organización
misma del programa de viaje, fueron tan disímiles como nuestras
propias nacionalidades, idiosincrasias o edades: ¿Qué
otra cosa cabía esperar de un conglomerado de extranjeros
con edades comprendidas entre los tiernos 20 y los más que
maduros 70; nacidos en sitios tan disímiles como Indonesia,
Canadá, Alemania, Estados Unidos, Rusia y Cuba? Pero al final
todos, acercados por el elemento cohesionador de trabajar para China
y de admirarla en diversas gradaciones, nos sentimos un tanto más
dispuestos a soportar ciertas contrariedades – y a cargar
con ciertas fobias a remolque- con tal de conocerla mejor.
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