Y ahora que no está Saddam ¿quién le quita el sueño a Washington?
 

Los ataques dirigidos contra las tropas de la coalición encabezada por EE.UU. continuaron después de la captura de Saddam Hussein, mientras que el sentimiento antiestadounidense en el Medio Oriente no da señales de amainar, lo que hace más incierto el futuro de la reconstrucción de Irak.

Por Guo Xiangang

(El autor es director del departamento de estudios sobre política internacional del Instituto de Estudios Internacionales de China)

Contrario a las esperanzas de Washington, la situación en Irak no ha mejorado después de la captura de Saddam Hussein, el 13 de diciembre de 2003. En el mes siguiente, 37 soldados de la fuerzas de coalición murieron en Irak, un 22 por ciento menos que la suma de todos los meses anteriores. Sin embargo, siguen las muertes de tropas ocupantes estadounidenses en Bagdad.

Manifestaciones de Chiítas en Bagdad, demandando un gobierno iraquí elegido directamente

Los frecuentes ataques después del arresto de Saddam Hussein demuestran que éste no era realmente el líder de la resistencia de posguerra, tal como se suponía. Saddam tenía poco apoyo público debido a sus métodos autocráticos cuando detentaba el poder. De esta forma, una vez que EE.UU. desató la guerra contra Irak en marzo del año pasado, su régimen se derrumbó rápidamente. En el presente, aunque algunos ataques contra tropas de EE.UU. en Irak son lanzadas por seguidores de Saddam, la mayoría de las fuerzas de resistencia son ciudadanos iraquíes y radicales musulmanes de otros países árabes, quienes afirman no estar ni con Saddam Hussein ni con EE.UU., y que simplemente luchan por expulsar a los invasores.

La razones detrás de la perseverancia de las fuerzas de resistencia en Irak son complicadas.

En primer lugar, EE.UU. todavía no ha encontrado justificación para su invasión unilateral de Irak. Washington pensó que si derrocaba a Saddam Hussein, los iraquíes acogerían calurosamente a sus tropas, pero el tiro le ha salido por la culata. La aseveración del Presidente George W. Bush de que el 1 de marzo de 2003 habían concluido las principales operaciones bélicas ha quedado en mera ilusión.

Aunque Saddam Hussein no obtuvo mucho apoyo del público iraquí, el hecho de que EE.UU. se arrogara la acción militar sin la autorización de Naciones Unidas, y sobre todo, que hasta la fecha haya sido incapaz de encontrar ninguna evidencia concreta que pruebe que Bagdad posee armas de destrucción masiva prohibidas, más el sufrimiento que la conflagración bélica ha significado para los civiles iraquíes, ha dado pie para un creciente antagonismo del mundo árabe hacia la política de la Casa Blanca.

Después de la caída de Saddam Hussein, muchos radicales musulmanes del exterior de Irak, incluyendo los fundamentalistas islámicos que se mantenían al margen de su régimen, así como miembros de algunos partidos políticos seculares antiestadounidenses, se agruparon en Irak para sumarse a las fuerzas de resistencia de la localidad. Ello explica el porqué los ataques a las tropas de coalición en Irak no pararon después del arresto de Saddam Hussein y de otras importantes figuras en la lista negra de EE.UU.

Explosión de resistencia: Soldados estadounidenses examinan el sitio de la explosión de un automóvil ocurrida el 18 de enero, la cual estaba dirigida contra las tropas de la coalición EE.UU.-GB en Irak.

En segundo lugar, el evidente apoyo de EE.UU. a Israel en el conflicto palestino-israelí, ha reforzado la ojeriza antinorteamericana entre los países musulmanes, algunos de los cuales consideran que la ocupación estadounidense de Irak, un país árabe de fuerte poderío militar, debilitó la capacidad de lucha de los árabes contra Israel y socavó seriamente la causa del pueblo palestino de recuperar la tierra perdida y establecer un país. Es por ello que los pueblos árabes, incluyendo a aquellos que se oponían al régimen de Saddam, están en contra de la ocupación y muestran hostilidad hacia EE.UU.

Este deterioro de la imagen de EE.UU. abarca incluso a los países islámicos moderados. En Turquía, el número de personas a favor de la política estadounidense declinó, y en Egipto, el país musulmán que recibe más cantidad de ayuda de EE.UU., hay ya una mayoría opuesta a la política estadounidense. La ocupación de Irak ha llevado a su punto de ebullición el sentimiento antiestadounidense.

En tercer lugar, la guerra contra Irak ha significado un cambio en las prioridades de las operaciones antiterroristas de EE.UU. Después de la guerra contra Afganistán en 2001, se suponía que EE.UU. concentraría sus esfuerzos en la erradicación cabal de los terroristas en la región. Pero Washington demostró falta de tino para evaluar la situación. Consideró derrotadas a la red Al Qaeda y las fuerzas del Talibán, y que las mismas no constituían ya una amenaza, por lo que giró hacia occidente para saldar viejas cuentas con su archirrival Saddam Hussein. Sin embargo, tal estrategia permitió que Al Qaeda y los talibanes se recuperaran y volvieran por sus fueros. Estos no sólo lanzaron ataques contra las tropas estadounidenses acantonadas en Afganistán, sino que también entraron en el atribulado Irak y llamaron al pueblo árabe a resistir la ocupación de las tropas de EE.UU. y Gran Bretaña, aprovechando la ventaja del sentimiento anti-EE.UU. del pueblo musulmán.

En cuarto lugar, la intención de EE.UU. de exportar sus valores al Medio Oriente valiéndose de la derrota de Saddam Hussein condujo a un fuerte conflicto con los fundamentalistas islámicos, afectando los sentimientos nacionales y religiosos de todos los musulmanes. Echando mano a su teoría del “Dominó democrático” elaborada por los neoconservadores, la Administración de Bush anunció que haría de Irak un ejemplo de democracia en el mundo árabe, como mejor forma de eliminar el terrorismo.

En un discurso pronunciado el 16 de noviembre de 2003, el Presidente Bush llamó a los países del Medio Oriente a practicar la democracia y, por primera vez, exhortó a Arabia Saudita y Egipto, dos aliados de EE.UU. en el mundo árabe, a llevar a cabo la reforma democrática. Ello significa que EE.UU. ha cambiado su política en el Oriente Medio, para preconizar en público la ideología occidental en el mundo árabe.

Ello ha generado disgusto entre el sector fundamentalista islámico que ve tras las bambalinas de la promoción democrática en el Medio Oriente por parte de EE.UU. una cruzada moderna cuyo objetivo ulterior es controlar la política y la economía, especialmente los recursos de petróleo, de los países árabes. Ante la embestida, la teocracia conservadora musulmana reacciona con el llamado a una Yihad, o guerra santa contra las fuerzas dirigidas por EE.UU.

Si lago queda claro, empero, es que el plan de EE.UU. de reformar el Medio Oriente rompe con las leyes del desarrollo de la región. En el presente, el mundo musulmán, especialmente el Medio Oriente, se encuentra aún en una etapa socialmente atrasada, y no está preparado para la reforma democrática. Cualquier interferencia externa forzada en este sentido generará por necesidad una fuerte oposición.

Desde la perspectiva económica, no hay todavía un consenso que acoja los fundamentos de la economía de mercado en esta región. En los países productores de petróleo, este rubro es la mayor fuente de riqueza para las clases ricas, cuyos integrantes no tienen idea de lo que implica la competencia de mercado, ni mucha conciencia sobre derechos políticos. Hay poca posibilidad asimismo de que estos últimos se convierten en la guía teórica de una reforma. En cuanto a los países no productores de petróleo, la situación es incluso peor. Desde los años ochenta del siglo pasado, la población árabe se ha duplicado, pero su inversión en el mundo se ha reducido a la mitad y el volumen comercial disminuyó en dos terceras partes. Además, la mitad de los países árabes están fuera de la Organización Mundial del Comercio.

En términos de ideología y sistema político, la situación en el Medio Oriente es única y difiere en gran medida de los de países occidentales. El islamismo ejerce importante influencia en la región, y los asuntos políticos seculares están estrechamente relacionados con la religión. En el presente, por ejemplo, sólo contados países del Medio Oriente celebran elecciones.

Al mismo tiempo, el ambiente externo no es favorable a la transformación social de la región. Los conflictos entre los palestinos e Israel han durado décadas, colocando por mucho tiempo al mundo árabe al borde de la guerra, todo lo cual complica más aún las contradicciones sociales, religiosas y nacionales en la región. Como es de suponer, un panorama tal se torna en rémora para la modernización económica y política.

Y sin embargo, EE.UU. no parece proclive en modo alguno a abandonar el objetivo estratégico de promover sus valores y su sistema social. Bajo estas circunstancias, costará Dios y ayuda, y más aún, alcanzar los objetivos de la estabilidad y la reconstrucción en el atribulado Irak.